Durante toda esta primera temporada, hemos estado hablando del lenguaje como medio de comunicación. Hoy, quiero hablar de otra arista: el lenguaje como medio de creación.

Lo que se produce cuando se usa el lenguaje para crear es lo que llamamos literatura.

¿Qué es la literatura? Esa es una muy buena pregunta, que yo no voy ni a tratar de responder. Vamos a meternos con una pregunta más simple: ¿A qué se le llama ‘literatura’?

Bueno, pues normalmente se le llama literatura a todo ese conjunto de obras escritas o transmitidas oralmente que, por una tradición u otra, se consideran dignas de aprecio artístico.

Y ahí hay un dato importante: la literatura es arte, creación, subjetividad.

Como todo arte, la literatura es una manera particular de reflejar la realidad. La realidad completa: lo que hay “allá fuera” en el mundo, pero también lo que llevamos dentro.

Como todo arte, la literatura es para todo el mundo, aunque no todo el mundo esté dispuesto a recibirla. Las razones son varias: puede haber poca educación en la apreciación de la literatura, puede haber una preferencia por lo audiovisual o por lo inmediato e instantáneo…

Pero, en principio, la literatura es para todo el mundo.

Yo no puedo darles un curso de apreciación literaria, porque no tengo los conocimientos, porque no hay tiempo y porque se va un poco del tema del pódcast. Lo que sí puedo hacer es hablarles de un aspecto específico: el uso del lenguaje en la literatura.

El concepto de ‘estilo’

La lengua es de todos, pero también es de cada uno. Cada hablante y cada grupo de hablantes se sirve de una misma lengua para propósitos distintos.

Un redactor de publicidad busca el mensaje corto, agudo, contundente, original, para ganarse la voluntad de los consumidores; los políticos usan el lenguaje como un arma para convencer a los ciudadanos; los científicos prefieren la palabra precisa, que evite el equívoco; algunos grupos marginados inventan un vocabulario casi secreto que usan como distintivo.

Incluso, si miramos a los hablantes individuales, vemos que nadie habla igual. Ese amigo que tiene una muletilla que nos saca de quicio; la vecina que usa frases que nos parten de la risa; hay quien habla más rápido, más lento, en trozos corticos, en parrafadas interminables, con palabras rebuscadas, con muchas de las llamadas “malas” palabras, pronunciando cuidadosamente todos los sonidos, comiéndose sonidos…

Nada de eso depende del español. Todos decimos la mesa redonda y no *la mesa redondos, porque hay una regla en español que hace que el adjetivo concuerde con el sustantivo en género y número. Pero no hay ninguna regla en español que diga de qué largo tienen que ser las oraciones, ni a qué velocidad hay que hablar, ni qué frases o palabras hay que usar en un momento determinado. Todo eso depende del hablante, todo eso es producto de sus decisiones.

Precisamente a la suma de todas esas decisiones individuales del hablante, las decisiones de elegir libremente un recurso u otro de la lengua para expresarse, es a lo que llamamos estilo.

El estilo no es propiedad exclusiva de los escritores, vale decir. Existe el estilo periodístico, el estilo publicitario, el estilo científico, el estilo administrativo, el estilo didáctico… Y, además, todos los hablantes individuales tenemos nuestro propio estilo cuando hablamos o escribimos.

Incluso alguien que hable sin nada distintivo, usando palabras comunes, a una velocidad normal, con oraciones de longitud promedio, con una pronunciación ni relajada ni exagerada, también tiene su estilo: ese estilo plano y gris es su estilo.

¿Qué es lo que pasa? Que, para la mayoría de los hablantes en la mayoría de las ocasiones, estas decisiones son inconscientes o automáticas. A no ser que estemos planificando cuidadosamente lo que vamos a decir —porque está en juego algo que nos interesa, por ejemplo—, casi nunca nos paramos a escoger deliberadamente la palabra que vamos a usar, o a medir las oraciones, ni pensamos “Aquí me hace falta una frase cómica típica de un área rural”. No. La mayor parte del tiempo, hablamos y ya.

En cambio, para los escritores, poetas, narradores, estas decisiones son deliberadas, conscientes. Un escritor puede pasarse días o semanas o meses decidiendo si usa la palabra lindo o bonito. A ese dilema, nosotros le dedicamos fracciones de fracciones de segundo.

La razón es que no estamos usando el lenguaje para lo mismo.

La lengua común y la “lengua literaria”

Cuando un escritor se sienta a escribir (aunque los hay que escriben de pie), tiene toda la lengua a su disposición. ¿Cómo decide? La respuesta está en la finalidad.

Cuando los hablantes de a pie hablamos, lo hacemos con el objetivo de comunicarnos y salir del paso. Aunque vimos en el episodio anterior todo lo que se puede hacer con el lenguaje, los llamados actos de habla, todos son formas de lo mismo, formas de comunicación.

El texto literario también comunica, por supuesto. Pero está marcado por una intención que sobrepasa la comunicativa: la intención estética. La lengua literaria nos llama la atención sobre las palabras mismas y sobre la capacidad que tienen las palabras de evocar, de sugerir, de crear belleza.

El texto literario aprovecha todas las posibilidades de la lengua para lograr, si se quiere, una comunicación más profunda que la que logramos nosotros con el lenguaje de todos los días.

Eso no significa que la lengua literaria sea ajena a nosotros. Repito, el material del que se sirve es común a todos: es la lengua. Y cabe preguntarse: ¿Hay palabras literarias o poéticas y palabras que no lo son?

La respuesta es rotundamente no. Cualquier palabra que se use en una obra literaria es automáticamente una palabra literaria, porque lo literario o lo poético dependen del uso y del contexto, un contexto en el que las palabras funcionan juntas para crear un efecto expresivo, estético.

Es cierto que hay palabras que “suenan” más a literatura como firmamento, cándido, doncella, inmarcesible; pero esto se debe más a que, a lo largo de la historia, estas palabras han caído en desuso en la lengua común y los escritores las han conservado, o a que algunos escritores buscan a propósito palabras poco frecuentes porque creen que eso evita que suenen “vulgares” o “pobres de vocabulario”. Si conocen a alguno así, por favor, díganle que está equivocado.

En el otro extremo, hay palabras como agricultura, burocracia, polietileno, que nos cuesta trabajo imaginarlas en un poema. Pero lo único que hace falta para que esas palabras sean “poéticas” es que un poeta las use. Ahí está Charles Bukowski, que comienza un poema suyo diciendo:

con una Apple Macintosh
no se pueden correr programas de Radio Shack
en su disco duro.
ni puede el disco de una Commodore 64
leer un archivo creado en una
Computadora Personal IBM.

Charles Bukowski, “Chip Intel 8088 de 16 bits”

Eso es un poema de Bukowski, que se llama “Chip Intel 8088 de 16 bits”, ¿y quién le dice a Bukowski que esas palabras no son poéticas?

A lo que quiero llegar es que lo literario no está en las palabras específicas que se usen, sino en el uso mismo que se hace de las palabras. Es ese uso especial de la lengua lo que hace que la literatura sea literatura. Piensen en un cuento o una novela. Mucha gente es capaz de inventar una historia, pero ¿cuántos son capaces de escribirla?

Como mismo un cuadro nos llama la atención no tanto por lo que representa, sino por los colores, los trazos, las formas, la luz, un texto literario nos llama la atención por las palabras y el uso que hace de ellas el creador.

Una palabra de lo más trivial, como chaqueta, puede llegar a significar los misterios más profundos de la vida humana, como en el poema del español Rafael Morales:

Esta tibia chaqueta rumorosa
que mi cuerpo recoge entre su lana,
se quedará colgada una mañana,
se quedará vacía y silenciosa.

Rafael Morales, “Soneto triste para mi última chaqueta”

Como la finalidad de la literatura es estética y no puramente informativa, la lógica pasa a un segundo plano y lo que importa es la carga afectiva de las palabras, las sensaciones que puedan evocar o, como dicen algunos, los “ecos” que tocan a cada lector de manera diferente. No podemos tratar de forzarle una lógica a Pablo Neruda cuando dice:

Para que tú me oigas
mis palabras
se adelgazan a veces
como las huellas de las gaviotas en la playa.

Pablo Neruda, “Poema 5”

Lo que cada uno se lleve de ahí depende de cómo esas palabras choquen con las experiencias individuales y de cómo reaccione el lector a lo que sugiere Neruda.

De ahí viene precisamente la universalidad y la longevidad de la buena literatura. Los buenos textos literarios le hablan a todo el mundo, en cualquier lugar y en cualquier época, porque pueden significar algo distinto para cada lector.

¡Ojo! Eso no quiere decir que un texto literario signifique lo que a mí se me ocurra o me dé la gana de que signifique. Hay interpretaciones más válidas que otras, porque el creador es un ser humano de este mundo, que escribe en un momento y lugar determinados, que tiene ciertas creencias e ideologías, y porque en el texto hay indicios que nos van guiando en la interpretación.

En resumen, lo literario, como lo artístico en general, no está en la materia prima, sino en el gesto del creador, en el uso que hace de esa materia prima. En la literatura, la materia prima es la lengua.

Jugando con el lenguaje

Hasta aquí, he hablado de la literatura como arte y eso la deja quizás en un plano un poco místico. Lo que nos interesa hoy, en realidad, es la literatura como artesanía u oficio. 

No hay ninguna nota despectiva en esas palabras. La literatura tiene tanto de oficio como la plomería. Igual que un plomero puede pasarse horas trabajando en un lavamanos, buscando la llave del tamaño adecuado, ajustando las tuberías, buscando la solución más económica para un salidero, con el objetivo de que el lavamanos funcione lo mejor posible, un escritor puede pasarse horas delante de un párrafo, buscando la palabra ideal, ajustando las oraciones, buscando la manera más eficaz de decir, con el objetivo de que el párrafo funcione lo mejor posible.

Les propongo entonces chismosear un poco en la caja de herramientas del escritor, para ver algunos de los instrumentos y trucos de los que se vale para crear literatura. Estas herramientas se conocen como figuras de estilo o recursos estilísticos, y a su clasificación y estudio se dedica la estilística.

Vamos a hablar primero del aspecto sonoro, luego del significado y, por último, de la organización formal o gramatical del texto.

Cómo suenan las palabras

Aunque muchos textos literarios son escritos, tienen un aspecto sonoro. Cuando leemos, oímos el texto en la vocecita que siempre tenemos en la cabeza. Así que los escritores suelen preocuparse por cómo suena lo que escriben y aprovechan los sonidos para crear efectos.

El primer uso evidente que se hace de los sonidos en literatura es la rima y el ritmo en la poesía. 

Vamos a tomar el verso típico de la poesía en español: el verso de once sílabas o endecasílabo. Según dónde se pongan los acentos, las sílabas que más fuerte se pronuncian, se pueden crear efectos distintos. 

Miren, por ejemplo, a Francisco de Quevedo, cuando se burla de la nariz de Góngora. Nos dice:

Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba,
érase un pez espada muy barbado.

Francisco de Quevedo, “A una nariz”

Los versos salen como una metralleta (érase un hombre a una nariz pegado, tá-tara-tára-tara-tára-tára); Quevedo está casi rapeando. Y eso viene con el tono de burla. La agilidad de esas ofensas humorísticas se refleja mejor con ese ritmo.

Ahora, comparen eso con Garcilaso de la Vega, cuando le dice a una muchacha:

En tanto que de rosa y azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
enciende al corazón y lo refrena (…)

Garcilaso de la Vega, “Soneto XXIII”

Estos versos se oyen completamente distintos: en tanto que de rosa y azucena… Es casi un baile, como un vals (que Garcilaso no conoció, pero el ritmo es el mismo). Ese ir y venir, esa cadencia, juega con el encanto, con el casi coqueteo de la muchacha a la que le está hablando el poeta.

En la prosa, el ritmo es igual de importante. Se lee de una manera específica a Carpentier cuando nos dice:

Ti Noel se había sentado sobre una batea volcada, dejando que el caballo viejo hiciera girar el trapiche a un paso que el hábito hacía absolutamente regular. Mackandal agarraba las cañas por haces, metiendo las cabezas, a empellones, entre los cilindros de hierro.

Alejo Carpentier, “El reino de este mundo”

Es un ritmo monótono, pero monótono a propósito. Es tan monótono como el trabajo en el trapiche. No hace falta que Carpentier nos lo diga; el sonido del texto nos lo dice solo.

Hay otras cosas que se pueden hacer con los sonidos. Oigan, por ejemplo, a Rubén Darío cuando nos dice:

La princesa está triste. ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa.

Rubén Darío, “Sonatina”

¿Oyeron? ¿Toda esa cantidad de eses, una detrás de otra? Eso no es un accidente. Se llama aliteración y es la repetición intencional de una consonante. En este caso, esa s tan suave me subraya tanto la delicadeza de la princesa, como los propios suspiros que se escapan de su boca de fresa.

Félix Rosario Ortiz nos narra una escena de sexo salvaje con la consonante rr:

Te agarro rampante,
y reafirmo en lo raro que resulta
rasgar tus ropas,
rasgar tus ropas como rapaz.
Y más reclamas.
Te haces rojo-marrón
cuando ruegas rabiosa por mi rabia.

Félix Rosario Ortiz, “Irrumpes al ras del cielo”

¿Qué mejor consonante que esa?

Qué significan las palabras

En la literatura, también es importante fijarse en las palabras que se usan, en lo que significan y en cómo ese significado ayuda a construir un sentido completo. Aunque se hable de lo mismo, la elección de palabras puede darnos imágenes diferentes.

Vamos a tomar un tema tratado hasta el cansancio en la literatura: la belleza femenina. Vamos a ver primero a Gustavo Adolfo Bécquer, que comienza a describirnos la belleza de una mujer hablándonos de:

[…] aquella nocturna y fantástica visión que se dibujaba confusamente en la penumbra de la capilla […]

Gustavo Adolfo Bécquer, “Leyendas”

La belleza de esta mujer es misteriosa, es de sueño, casi de otro mundo. Lo vemos en las palabras nocturna, fantástica, confusamente y penumbra.

Para Rubén Darío, en cambio, la belleza tiene otro tono:

El seno, firme y esponjado, era un ensueño oculto y supremo; […] la boca llena de fragancia, de vida y de color púrpura.

Rubén Darío, “Azul”

La belleza de esta mujer es puramente sexual. Es también oculta, pero al contrario de la de Bécquer, que se mantenía lejos, fuera del alcance, la de Rubén Darío llama a acercarse y a poseerla.

A veces, el significado de las palabras se “distorsiona” o se “pervierte” para que signifiquen otras cosas, por ejemplo, para crear comparaciones o analogías. Son las llamadas metáforas o frases metafóricas

Un escritor tiene la presión de idear metáforas nuevas para evitar las que ya están gastadas y se han vuelto clichés, como los cabellos de oro o las mejillas de porcelana. A algunos esto se les da mejor que a otros. Y a unos pocos se les da excepcionalmente bien.

Lorca es famoso por sus imágenes metafóricas. Empieza su “Romance de la pena negra” diciéndonos que “las piquetas de los gallos / cavan buscando la aurora”. No nos dice solo que está amaneciendo y los gallos están cantando, sino que nos construye una imagen original de los gallos escarbando para encontrar el sol y sacarlo de la tierra.

Algunas metáforas son más fáciles de descifrar que otras. Lorca mismo también es famoso por sus metáforas irracionales. Por ejemplo, cuando nos dice que “algunas veces el viento / es un tulipán de miedo”. Nadie sabe. Esa metáfora nos deja una impresión difusa más que una imagen clara. A veces, ese es precisamente el objetivo.

También se puede exagerar la realidad que se está contando, porque no la contamos como es, sino como la percibimos o como la sentimos. A esta exageración se le llama hipérbole.

Nuevamente, los escritores tienen la presión de crear imágenes hiperbólicas nuevas, porque las comunes, como te lo he dicho mil veces o te quiero más que a mi vida, ya están gastadas.

Así, encontramos escritores como Ramón Gómez de la Serna, que son maestros de la exageración. Nos dice, por ejemplo, que “cuando el armario está abierto toda la casa bosteza” y que “las monjas tienen los senos cóncavos”. Ahí lo dejo.

También es común poner juntas palabras o frases de significados contrarios para resaltar una idea que nace y vive, precisamente, en esa oposición. Es lo que se llama una antítesis.

Ahí está Pablo Neruda, que se lamenta: “Es tan corto el amor y tan largo el olvido”; o Góngora, que nos advertía: “Ayer naciste, y morirás mañana”.

Quizás uno de los usos más famosos de la antítesis sea el poema de Sor Juana Inés de la Cruz:

Al que ingrato me deja, busco amante;
al que amante me sigue, dejo ingrata;
constante adoro a quien mi amor maltrata;
maltrato a quien mi amor busca constante.

Sor Juana Inés de la Cruz, “Al que ingrato me deja…”

Cercano a la antítesis está el oxímoron o paradoja, donde se usan juntas palabras que normalmente se contradicen, como cuando Quevedo intenta definir el amor:

Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado.

Francisco de Quevedo, “Soneto definiendo el amor”

Ahí, todo, absolutamente todo, se contradice, para reflejar esa naturaleza contradictoria que Quevedo ve en el amor.

Dónde están puestas las palabras

Tan importante como el sonido y el significado de las palabras, es su organización, dónde están puestas, cómo se combinan unas con otras.

La repetición, por ejemplo, es un recurso muy utilizado en literatura, para enfatizar una idea o para crear efectos acumulativos.

El poema de las golondrinas de Gustavo Adolfo Bécquer está organizado alrededor de la repetición: “Volverán las oscuras golondrinas… / Pero aquellas que el vuelo refrenaban… / Volverán las tupidas madreselvas… / Pero aquellas cuajadas de rocío… / Volverán del amor en tus oídos…”; y al final, en la última estrofa, Bécquer rompe esa repetición y ese paralelismo que ha ido trabajando, precisamente para enfatizar su última idea: “desengáñate, así… ¡no te querrán!”. Bécquer saca a esta mujer de la comodidad de su engaño (que es la misma comodidad de la repetición) y le da un pellizco para despertarla (el mismo pellizco que nos da a nosotros con una última estrofa que no se parece en nada a las demás).

Es lo mismo que hizo Noel Nicola con su canción “Te perdono”. Sí, las canciones pueden ser literarias también. Nicola va repitiendo “Te perdono… Te perdono…”, hasta que al final rompe la repetición con “Lo que no te perdono…”.

Las palabras que usamos para unir las frases también se prestan a usos literarios. Escuchen a Rubén Darío, ponderando el misterio de la vida, como hemos hecho todos en algún momento:

Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por
lo que no conocemos y apenas sospechamos […]

Rubén Darío, “Lo fatal”

Esa repetición de la y —lo que llamamos un polisíndeton— va amplificando lo atormentado y lo perplejo que está este hombre.

El caso contrario es la ausencia de estos nexos, el asíndeton. El efecto es casi el mismo, como en este poema donde Miguel Hernández describe un campo de batalla:

Una extensión de muertos humeantes;
muertos que humean ante la colina,
muertos bajo la nieve,
muertos sobre los páramos gigantes,
muertos junto a la encina,
muertos dentro del agua que les llueve.

Miguel Hernández, “Ceniciento Mussolini”

La enumeración se acaba abruptamente, sin una y que le ponga final: la idea es que los muertos son infinitos. Junto con la repetición de la palabra muertos, el efecto acumulativo de este poema es tremendo.


Por supuesto, hay muchas otras cosas que se pueden hacer con la lengua a la hora de crear literatura. Tendremos que hablar más de eso en el futuro.

De momento, quiero que se lleven una idea fundamental. Lo literario no está en lo que se dice ni en el tema que se trata. Los mismos temas se pueden tratar en el periodismo, en la ciencia, en una conversación entre amigos. Lo literario no está en el qué, sino en el cómo. 

La literatura es un modo de decir que tiene tanto de arte como de oficio; y el valor literario de una obra o de un creador pasa necesariamente por la capacidad y la habilidad de usar el lenguaje de manera creativa y eficaz.

Hasta aquí el episodio de hoy. Y hasta aquí también la primera temporada del pódcast.

(Mucha de la información contenida en este post es tomada del libro Cómo leer textos literarios. El equipaje del lector, de Julián Moreiro, Editorial EDAF, S. A. Recomiendo mucho su lectura.)