Hola y bienvenidos a un nuevo episodio de Para Darle a la Lengua, un pódcast donde hablamos sobre el lenguaje.

El lenguaje, para el que no lo conozca, es el medio de comunicación de los humanos. Hacemos ruidos que quieren decir cosas. Dicho más fino, usamos un código (la lengua) para transmitir ideas.

Esas ideas son lo que llamamos el significado y a su estudio se dedica una rama de la lingüística llamada semántica.

Por supuesto, otros animales también se comunican. Pero se trata de una comunicación muy simple, sobre todo si se la compara con el lenguaje humano. Tienen llamadas para un conjunto pequeño y fijo de mensajes: apareamiento, amenaza, alertas, llamadas de atención…

Los humanos tenemos palabras para los objetos del mundo, para las cosas que suceden, para las propiedades de las cosas, para las relaciones entre las cosas, incluso para cosas que no existen. Y, además, las combinamos para formar ideas más complejas (oraciones y textos).

Por eso, estudiar el significado lingüístico es toda una aventura. Y vamos a empezar esa aventura donde empieza todo lo que vale la pena: en el cerebro.

Conceptos en el cerebro

El cerebro hace varias cosas. Entre ellas, se dedica a recibir información del mundo, procesarla, almacenarla y ponerla a funcionar después.

Yo, ahora mismo, estoy mirando esta silla que tengo delante. Es de metal, está pintada de negro, medirá alrededor de un metro de alto. Todo eso lo sé porque la luz le da a la silla; la silla absorbe algunos fotones; otros rebotan y me llegan a mi retina, que le manda esa información a mi cerebro para formar una imagen de la silla. Es lo que llamamos una percepción.

Pero ahora viré la cabeza. La silla me queda de espaldas. No puedo percibirla, pero no me hace falta porque la puedo seguir viendo en mi mente, me la puedo imaginar, porque mi cerebro ha construido y almacenado una representación de esa silla.

Pero esta no es la primera silla que yo veo en mi vida. He visto muchas: sillas grandes, sillas chiquitas, sillas de madera, sillas de metal y sillas y sillas y sillas y sillas… Ninguna exactamente igual, pero mi cerebrito sabe que todas son sillas, todas son una misma cosa.

Eso quiere decir que mi cerebro en algún momento desechó todas las diferencias superficiales y se quedó con lo que todas esas sillas tienen en común, para formar lo que llamamos un concepto de ‘silla’. 

Ese concepto es el que me permite, primero, saber qué es una silla y, luego, reconocer una silla cuando la veo y, claro está, hablar de sillas.

Vale insistir en que ese concepto NO ES el objeto real. Toda esa información que recibe el cerebro pasa por un filtro. El cerebro se queda solamente con lo que, a lo largo de la evolución por selección natural, ha resultado ser importante. Está además el filtro de la subjetividad, donde intervienen la experiencia individual, los gustos, las emociones, las creencias, los deseos…

El resultado es que nadie tiene exactamente el mismo concepto de ‘silla’.

Importante: Las palabras no refieren directamente a las cosas que están en el mundo, sino a los conceptos que tenemos en el cerebro. La palabra silla no refiere a ninguna silla en específico, sino al concepto de ‘silla’. Por eso es que los humanos podemos nombrar cosas que no existen, como centauro o unicornio, o nombrar cosas abstractas y difusas como libertad, democracia, justicia, maldad, progreso, belleza.

El llamado triángulo semiótico o semántico. La línea discontinua muestra que las palabras refieren a las cosas solo de manera indirecta, por medio de los conceptos en la mente.

Este es también el origen de fallos de comunicación, donde dos personas creen que están hablando de lo mismo solo porque están usando la misma palabra. No se dan cuenta de que están refiriéndose a conceptos distintos.

Pues con esos conceptos es que nos comunicamos. Pero no somos telépatas: no podemos mandar un concepto directamente de una mente a otra. Ese concepto, que es un contenido mental, hace falta convertirlo en algo material que se pueda manipular físicamente.

Y ahí entran las palabras.

El significado de las palabras

El lenguaje humano es una maquinita que, en un primer momento, agarra un concepto y le engancha una cadena de sonidos que se puedan articular físicamente para hacerlos viajar por el aire como ondas.

Esto es una metáfora, por supuesto. El concepto no “viaja” a ningún lado; se queda en el cerebro del hablante. Pero la otra persona conecta los sonidos que le llegan al mismo concepto o a su concepto equivalente.

En las lenguas de señas, el concepto se engancha a una cadena de movimientos físicos que se reciben como estímulos visuales.

Así que una palabra es un signo: algo que ocupa el lugar de otra cosa y refiere a ella. Para yo hablarte de una mesa, no tengo que ponerte la mesa delante. Uso la palabra mesa, que ocupa el lugar de la mesa real.

Un signo lingüístico (palabra) tiene, al menos, dos componentes o partes: la cadena de sonidos (cómo se pronuncia) y la idea o concepto que transmite (el significado, lo que quiere decir).

Decía que nadie tiene exactamente el mismo concepto de un mismo objeto. Pero, para que la comunicación sea posible, todo el mundo tiene que entender lo mismo cuando se use una palabra. La evolución encontró una solución en el funcionamiento del lenguaje.

Un recordatorio del episodio anterior. Les había hablado de los fonemas. No importa que cada cual los pronuncie físicamente distintos. Lo que importa son las 4 o 5 características que no cambian nunca: si se bloquea el paso del aire, con qué órgano se crea ese obstáculo, por dónde sale el aire, si los pliegues vocales vibran o no. Pues así mismo funciona el significado.

Una persona que no puede caminar no tiene el mismo concepto de ‘silla’ que yo. Para esa persona, una ‘silla’ es algo ligeramente distinto que para mí. El concepto de ‘familia’ puede variar de una persona a otra. Para algunos, ‘familia’ trae imágenes de amor, convivencia, calidez; para otros, puede evocar conflicto, violencia, toxicidad.

Sin embargo, todos usamos las palabras silla y familia, y nos entendemos. ¿Cómo? Porque el lenguaje ignora todas esas cosas y deja en el significado de las palabras solamente aquellos aspectos o rasgos que permiten diferenciar una palabra de otra, es decir, que permiten la comunicación.

No importa si, para mí, ‘silla’ evoca descanso, reposo; o si para otra persona es una prisión en la que está confinada. Lo que importa es que no es ni ‘butaca’ ni ‘sillón’ ni ‘taburete’.

Esto nos trae a una distinción importante entre dos componentes del significado de las palabras: la denotación y la connotación.

Denotación y connotación

La denotación es la parte puramente conceptual, intelectual del significado. Es el centro del significado y es común a todos los hablantes. Es lo que esa palabra nombra. La palabra perro denota un animal mamífero cuadrúpedo que es una especie de lobo doméstico. Esa es la denotación.

Dije que el lenguaje ignoraba todas las otras cuestiones más personales o individuales de los conceptos, pero esto no es del todo cierto. 

A veces, como esas asociaciones que se establecen con los conceptos son tan comunes dentro de la comunidad de hablantes, quedan fijadas en las palabras y se usan en la comunicación. Este componente emocional, afectivo, subjetivo del significado es lo que llamamos connotación

La palabra perro puede traer asociados conceptos de ‘fidelidad’, ‘compañía’, como cuando se dice El perro es el mejor amigo del hombre; en ese caso, decimos que la palabra perro tiene una connotación positiva, porque esas asociaciones que establecemos son cosas que para nosotros son buenas. 

Una humana hembra (izquierda) con su amigo perro (derecha, sexo desconocido).

Pero la palabra perro puede asociarse también a una falta de dignidad o de amor propio (quizás por esas mismas cualidades positivas llevadas al exceso), como cuando se dice Fulanito sigue detrás de ella como un perro o Le está perreando. La palabra tiene entonces una connotación negativa.

Esta connotación también sirve para distinguir entre una palabra y otra. Hay palabras que denotan exactamente lo mismo, pero se diferencian por la connotación. Por ejemplo, las palabras prudente y cobarde. Las dos palabras se refieren a una persona que evalúa los riesgos de hacer algo y decide no hacerlo. La diferencia está en la connotación: prudente es algo positivo, algo bueno, mientras que cobarde es algo malo.

Todo esto es lo que llamamos el significado de las palabras, lo que una palabra quiere decir en la lengua, en abstracto, “suelta”. Es lo que podemos encontrar si buscamos una palabra en el diccionario.

Pero sabemos que una cosa es la lengua, así en abstracto, y otra cosa es el uso real que hacemos de la lengua, es decir, el discurso. Tenemos que distinguir entonces entre lo que una palabra quiere decir así sola y lo que quiere decir cuando se usa realmente en el discurso. Es la diferencia entre el significado y el sentido.

Significado y sentido

Si el significado es lo que me permite distinguir una palabra de otra, el sentido es todo lo que sucede en mi mente cuando yo escucho o leo una palabra utilizada por un hablante, o todo lo que yo tengo en mente cuando uso una palabra.

Muchas veces, el significado y el sentido coinciden: las palabras se usan para decir lo que quieren decir. Pero, en ocasiones, las palabras cobran un sentido particular cuando se usan que normalmente no es parte de su significado.

Por ejemplo, la palabra butacón significa un asiento grande y mullido. Si yo digo Fulanita está sentada en un butacón, tiene ese mismo sentido. Pero, si yo digo que Fulanita o Fulanito tienen cuerpo de butacón, la palabra cobra ahí un sentido despectivo, de forma incómoda o antiestética, que no es parte del significado de la palabra.

Así que, cuando entendemos un texto o lo que alguien dice, no entendemos solamente lo que significan las palabras según un diccionario, sino que entendemos además lo que la persona quiso decir cuando usó esas palabras. No solo el significado de lo dijo, sino el sentido en que lo dijo: si estaba siendo despectivo, irónico, sarcástico, si era humorístico, si era una burla… Lo que se llama informalmente los “matices” de las palabras.

Y en este juego entre el significado de las palabras y el sentido que tienen realmente cuando se usan es que se mueven los traductores y los intérpretes. Va a haber un episodio dedicado a la traducción, así que aquí voy a ser muy breve. 

Cuando uno traduce, no traduce el significado de las palabras; traduce su sentido. Por eso, hay personas que, por ejemplo, saben inglés, pero no saben de traducción, y que, cuando están viendo una película subtitulada, se insultan porque “¡ella dijo tal palabra y mira lo que tradujeron!”. 

Asumiendo que la película esté bien subtitulada, sí, eso pasa, porque lo que se traduce no es la palabra específica que usa la persona, sino el sentido particular que tiene esa palabra donde y cuando se usa.

Hasta aquí, he hablado de “el significado” de una palabra como si las palabras tuvieran un solo significado. Lo cierto es que la inmensísima mayoría de las palabras tienen más de un significado.

Polisemia y tipos de significado

Cuando una palabra tiene más de un significado, decimos que es una palabra polisémica. La polisemia es, entonces, la propiedad de una palabra de poder significar varias cosas.

Por supuesto, las palabras son polisémicas cuando están solas, aisladas, en abstracto, en el diccionario. Cuando se usan realmente, dejan de ser polisémicas y se vuelven monosémicas, porque siempre se usan con uno de sus significados.

Ahora bien, no todos los significados de una palabra son iguales. Los hay de varios tipos y vamos a ver los más importantes.

Primero, dentro de una palabra, podemos distinguir entre su significado propio y sus significados figurados o derivados.

Por ejemplo, la palabra boca tiene por lo menos tres significados: 1) la cavidad que da entrada al aparato digestivo, situada en la parte inferior de la cara; 2) la abertura que comunica el interior de algo con el exterior, como la boca de un cañón o la boca de un pomo; y 3) la desembocadura de un río.

Puede decirse que los dos últimos significados (la boca de un cañón y la desembocadura de un río) se derivan históricamente del primero: se les llama boca por semejanza con la boca humana o animal. Son significados figurados, en este caso metafóricos.

Pero el primer significado, el de la cavidad en la cara, no se deriva de ningún otro. Es entonces el significado propio de la palabra.

Aclaro que el significado propio NO ES el significado original que tenía la palabra. El significado propio puede cambiar a lo largo de la historia. Boca viene del latín bucca, que significaba ‘mejilla’ y ese era, en aquel momento, su significado propio.

El significado etimológico u original es ese significado primero que tenía la palabra en la lengua, de dónde viene la palabra.

La palabra cálculo viene del latín calculus, que significaba ‘piedrecita’. Como antiguamente se usaban piedrecitas para contar, pues de ahí viene el significado actual de cálculo. Ese significado original se mantiene cuando hablamos de cálculos en los riñones.

Por último, distinguimos también entre el significado principal de una palabra y sus significados secundarios.

El significado principal de una palabra es simplemente el más común, el que más se usa en una época determinada.

En el caso de boca, su significado principal es el mismo significado propio: la cavidad en la parte inferior de la cara. Los demás son significados secundarios, menos frecuentes.

Pero el significado principal también puede ser un significado figurado, como en el caso de revolución. Su significado propio, ‘movimiento de un cuerpo que recorre una curva cerrada’, es menos común hoy en día que su significado sociopolítico, que es el principal. 

El significado de las expresiones complejas

He estado hablando del significado de palabras sueltas. Otra cuestión interesante en semántica es cómo los significados de las palabras individuales se combinan para formar el significado de expresiones más complejas, como las oraciones.

Esto es un tema amplio y denso, sobre el que se han escrito libros enteros. Yo nada más que voy a hablarles de lo más elemental.

Y lo más elemental es que las expresiones lingüísticas (o combinaciones de palabras) siguen un principio matemático con el nombre rimbombante de principio de composicionalidad. Este principio dice que el significado de una expresión lingüística es igual a la suma de los significados de las palabras que la forman y de las reglas que se usan para combinar esas palabras.

Dicho claramente, el significado de la oración El perro mordió al hombre es la suma de los significados de las palabras El, perro, mordió, al y hombre. Pero si nos quedamos ahí, El perro mordió al hombre significaría lo mismo que El hombre mordió al perro, porque son las mismas palabras. Por eso hay que incluir también cómo están combinadas esas palabras. Para el significado de la oración, también importa quién es el sujeto y quién es el objeto, quién muerde y quién recibe la mordida. Esas dos oraciones tienen significados distintos.

En un mundo ideal, el principio de composicionalidad sería universal y todos seríamos felices. Pero las lenguas están llenas de expresiones no composicionales, es decir, expresiones cuyo significado no se obtiene a partir de los significados de las palabras que la forman. Son las llamadas expresiones idiomáticas.

Expresiones como cantar El Manicero o colgar los guantes son idiomáticas porque saber el significado de las palabras que las forman no me permite saber qué significan en su conjunto. Estas dos significan ‘morirse’ (aunque colgar los guantes puede significar también ‘rendirse’), pero ese significado no viene de ninguna de las palabras que forman las expresiones. Por eso son idiomáticas.

Una expresión será más idiomática mientras más lejos esté su significado real del significado que se obtiene calculando a partir de las palabras individuales. Por eso, decimos que cantar El Manicero es mucho más idiomática que, por ejemplo, dormir como un lirón. Aunque yo nunca la haya oído, yo puedo adivinar qué significa dormir como un lirón. No hay manera de adivinar qué significa cantar El Manicero a partir de las palabras que la forman.

Todas las lenguas tienen expresiones idiomáticas. Eso es y será siempre el tormento de los que aprenden una lengua extranjera. Eso nos demuestra también que los humanos tomamos el principio de composicionalidad y nos lo pasamos un poquito por el forro.

Y en esta nota de rebeldía lingüística, termino este episodio. Gracias por aguantarme.